El sol del poeta
Los días se escurren por las manos como un alimento extraño
por el paladar de un hambriento, se vive aguardando la llegada
de algún acontecimiento, un cambio,
esperamos, sin sabernos dormidos
que algo nos despierte, nos ilumine,
algo que no está en ninguna página
ni en ninguna canción, creemos
en el brillo de una mirada, en alguna
sombra pasajera, sin embargo somos incapaces
de retener la alegría, se inunda el jardín lleno de flores
antes de que aparezca la lluvia, deseamos sin
identificar nuestro anhelo, y por ello
todo pasa y seguimos atendiendo, subidos al
carro del tiempo, pretendiendo que no seguimos
su curso, que él no pasa por nosotros,
nosotros, que perdimos tanto en el camino, que
no supimos nunca descifrar más de un idioma,
porque nuestra verdadera lengua siempre fue
la que usamos en los sueños, en esas aventuras que luego
tratamos de entender y transformamos en luces, estrellas, vientos,
brisas, abrazos o besos,
por eso la palabra es la herramienta que mejor
rastrea el futuro, la que ayuda con sus destellos
a iluminar los escondrijos donde se cobija
lo que nos preocupa, lo que no conocemos y sin embargo
late dentro, muy dentro de nosotros sin saberlo,
por eso el poeta sabe que algo va a acontecer y viaja
subido en el río de la palabra, en el aura
que emite una mirada, en el silencio que cabalga
cada noche en el interior de su pecho, en un más allá
que aparece en el sonido de una radio, en el aroma que escapa
de un balcón, en la fuerza protectora
que fluye por sus venas y en el sol que nunca lo abandona.
por el paladar de un hambriento, se vive aguardando la llegada
de algún acontecimiento, un cambio,
esperamos, sin sabernos dormidos
que algo nos despierte, nos ilumine,
algo que no está en ninguna página
ni en ninguna canción, creemos
en el brillo de una mirada, en alguna
sombra pasajera, sin embargo somos incapaces
de retener la alegría, se inunda el jardín lleno de flores
antes de que aparezca la lluvia, deseamos sin
identificar nuestro anhelo, y por ello
todo pasa y seguimos atendiendo, subidos al
carro del tiempo, pretendiendo que no seguimos
su curso, que él no pasa por nosotros,
nosotros, que perdimos tanto en el camino, que
no supimos nunca descifrar más de un idioma,
porque nuestra verdadera lengua siempre fue
la que usamos en los sueños, en esas aventuras que luego
tratamos de entender y transformamos en luces, estrellas, vientos,
brisas, abrazos o besos,
por eso la palabra es la herramienta que mejor
rastrea el futuro, la que ayuda con sus destellos
a iluminar los escondrijos donde se cobija
lo que nos preocupa, lo que no conocemos y sin embargo
late dentro, muy dentro de nosotros sin saberlo,
por eso el poeta sabe que algo va a acontecer y viaja
subido en el río de la palabra, en el aura
que emite una mirada, en el silencio que cabalga
cada noche en el interior de su pecho, en un más allá
que aparece en el sonido de una radio, en el aroma que escapa
de un balcón, en la fuerza protectora
que fluye por sus venas y en el sol que nunca lo abandona.
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